viernes, 20 de diciembre de 2024

Cuento: EL ROBLE Y LA ESPIGA DE TRIGO

 






EL ROBLE Y LA ESPIGA DE TRIGO 


Cuento sobre: La Humildad. 

En un prado al borde de un bosque antiguo, se alzaba un majestuoso roble. Era el árbol más imponente de toda la región, con un tronco grueso que parecía invulnerable y unas raíces tan profundas que casi tocaban el corazón de la tierra. Sus ramas se extendían como brazos hacia el cielo, y sus hojas crujían con cada suave brisa, llenando el aire de un sonido que imponía respeto. El roble se erguía con tal fuerza que era imposible no admirarlo, y muchos animales del bosque solían reunirse a su sombra para refugiarse del sol abrasador o de las lluvias inesperadas. A su lado, en el mismo prado, crecía una humilde espiga de trigo. Adiferencia del roble, la espiga era delgada y flexible, y su pequeño tallo apenas se distinguía entre la hierba que la rodeaba. Sin embargo, la espiga de trigo no se sentía inferior. Sabía que, aunque su presencia 115 pasaba desapercibida ante los ojos de muchos, también tenía un propósito. Desde su posición, admiraba al roble, observando con humildad cómo se mantenía y orgulloso, resistiendo todo lo que la naturaleza le lanzaba. El roble, consciente de su grandeza, solía mirar con desprecio a la espiga. Su arrogancia era evidente, y no perdía oportunidad de destacar lo que él consideraba las diferencias entre ellos. —¡Mírate! —decía con su profunda y resonante voz—. Eres tan débil que el más ligero viento te dobla y te mece a su antojo. En cambio, yo me mantengo firme y erguido, sin importar cuán fuerte soplen los vientos. Si fueras como yo, aprenderías lo que es la verdadera fortaleza. La espiga de trigo, siempre paciente y humilde, escuchaba las palabras del roble sin molestarse. —Es cierto, señor roble —respondía suavemente—, soy pequeño y frágil a tus ojos. Pero cada ser en este mundo tiene sus propias 116 virtudes, y creo que, aunque no lo parezca, ser flexible también tiene sus ventajas. El tiempo y las circunstancias nos enseñan a todos, de una u otra manera. Los días pasaban, y aunque el roble continuaba menospreciando a la espiga, ella no se alteraba. Sabía que cada ser en el prado, grande o pequeño, tenía un papel que cumplir. El roble, por su parte, se sentía cada vez más convencido de su firmeza. Su sombra cubría vastas áreas del prado, y los animales seguían confiando en él como un refugio seguro. Una tarde, el cielo comenzó a oscurecer de manera tormentosa. Las nubes, negras y espesas, se acumularon sobre el horizonte, anunciando una tormenta feroz que se aproximaba. El aire se volvió denso, y los animales, presintiendo lo que se avecinaba, corrieron a resguardarse. La tormenta que se acercaba no era una tormenta común; se trataba de una de esas que hacen temblar hasta el suelo más firme, una fuerza de la naturaleza que podría arrasar con todo a su paso. 117 El viento comenzó a soplar con una furia desmedida. Los primeros ventarrones arrancaron ramas pequeñas de los árboles más jóvenes, mientras el cielo se iluminaba con relámpagos que zigzagueaban a lo lejos. El roble, seguro de su poder, plantó sus raíces aún más profundamente en la tierra y se preparó para resistir lo que viniera. Mientras tanto, la espiga de trigo, consciente de su fragilidad, se inclinó con suavidad ante el viento, dejando que su delgado tallo se meciera al ritmo de la tormenta. La tormenta atacó con una fuer za devastadora. Los vientos aullaban y azotaban todo a su paso. El roble, aunque poderoso, comenzó a sentir la presión del viento en sus ramas y tronco. Se aferró con todas sus fuerzas a la tierra, resistiendo cada agresión con firmeza. Pero, a medida que los vientos aumentaban su intensidad, el roble, que siempre había confiado en su fuerza, empezó a ceder. Sus raíces, a pesar de ser profundas, no podían soportar la implacable furia de la tormenta. 118 De repente, con un estruendo ensordecedor, el roble, el gigante del prado, fue arrancado de raíz y cayó con todo su peso al suelo. El sonido de su caída resonó por todo el valle, y los animales que lo admiraban quedaron en shock al ver al gigante derrotado por la tormenta. Mientras tanto, la espiga de trigo, que había pasado la tormenta doblándose y fluyendo con el viento, permanecía en pie. Aunque había sido sacudida, no había sido rota. Cuando la tormenta terminó y el viento se calmó, la espiga de trigo se enderezó lentamente, como si saludara al sol que volvía a aparecer entre las nubes. Miró al roble caído, y aunque sabía que el árbol la había despreciado muchas veces, sintió una profunda tristeza por su destino. El roble, que siempre había sido tan fuerte, estaba ahora en el suelo, incapaz de levantarse. El roble, sorprendido por lo ocurrido, miró a la espiga y, con voz suave y l lena de arrepentimiento, le habló. —Lo que antes despreciaba en ti, ahora lo 119 entiendo. No siempre es la fortaleza lo que nos sostiene, sino la capacidad de adaptarnos y aprender de las circunstancias. He sido arrogante al pensar que lo sabía todo, y ahora veo que incluso el más fuerte tiene límites. La espiga de trigo, sin nada de arrogancia, respondió con su tono habitual de humildad. —No te preocupes, amigo roble. Todos tenemos algo que aprender en esta vida. No es malo ser fuerte, pero la verdadera sabiduría radica en saber cuándo ser flexible. A veces, inclinarse ante las adversidades es lo que nos permite seguir adelante. Apartir de ese día, el roble y la espiga de trigo se convirtieron en un símbolo de humildad para todos los habitantes del bosque y del prado. Los animales comprendieron que no importaba cuán grande o poderoso podamos ser, de todas maneras, siempre había lecciones que aprender. Y a veces, la verdadera fortaleza se encontraba en la sencillez y la capacidad de adaptarse a las condiciones. 120 El roble, aunque caído, permaneció en el prado como un recordatorio de que la humildad es una virtud esencial, y la espiga de trigo, cada día más apreciada, siguió creciendo, mostrando que la flexibilidad y la humildad podían ser tan poderosas como la fuerza. 

Moraleja: La humildad nos permite reconocer que, aunque tengamos fortalezas, siempre podemos aprender de los demás. Aceptar nuestras limitaciones y estar abiertos a nuevas lecciones nos hace más sabios y fuertes en el camino de la vida.



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